Se encuentra en discusión un borrador de reglamento sobre el funcionamiento de las universidades, en el que además de muchos aspectos importantes y necesarios para regular las actividades de tantas universidades públicas y privadas que funcionan en el país se incorpora una disposición que permite al estudiante cambiar de carrera por una sola vez.
Este urticante tema desconoce ingredientes inherentes a la naturaleza humana misma, porque el hombre (ahora constitucionalmente también hay que referirse por separado a la mujer) tiene la absoluta prerrogativa de decidir que va a hacer con su futuro, y una de esas elecciones personales es a que va a dedicarse en su vida, de que va a vivir y qué va a producir. Y justamente la elección de una profesión universitaria es la que va a configurar su derrotero futuro.
Sabemos que el estudiante, cuando se gradúa de bachiller, está tan perdido respecto a lo que va a estudiar, que son la excepción a la regla aquellos que tienen una vocación definida y la siguen. Incluso muchos de estos, al empezar los estudios, se dan cuenta de que no es la carrera que les satisface y no hay peor profesional que aquel que se titula solo por hacerlo sin sentir la profesión y la actividad a la que debe dedicar todo su tiempo productivo, engrosando luego el ejército de mediocres que cree que por tener título profesional ya ha cumplido, con el agravante que refleja la mediocridad a su entorno y al país en su conjunto.
Los redactores del citado borrador deben considerar que hay muchos estudiantes que no se gradúan de profesionales por el tiempo que pasan en la universidad sin avanzar. Para controlar ese síndrome de ineptitud no es necesario castigar a todos y puede reglamentarse el tiempo que un estudiante debe estar en una universidad por carrera, salvando aquellos casos de fuerza mayor, toda vez que los universitarios son el reflejo directo de la sociedad misma y sus problemas.
En China y la India la educación no es gratuita incluso en las universidades públicas, porque se forma a la juventud para que tenga una actividad, produzca y gane dinero, y el cobrarles por sus estudios, aunque no se trate de sumas importantes, en primer lugar permite al estudiante a exigir mejor preparación y altos estándares académicos con profesores altamente calificados para los temas que imparten cátedra. Y, en segundo lugar, como al estudiante le cuesta dinero no quiere desperdiciar tiempo y procura terminar su carrera dentro de los parámetros previsibles, a fin de que no le afecte su economía o a la de sus padres.
A diferencia de esos países, en el nuestro y en América Latina, en general, no existe la cultura del ahorro por familia para la educación, lo que limita las posibilidades de cobro por estudio, aunque ya se dispone de los llamados crédito para educación; no obstante, es imprescindible crear esas condiciones para el nivel educativo.
Es un derecho inalienable de la persona poder decidir qué va a hacer con su futuro, salvo que estuviésemos en una sociedad donde la libertad de decisión viniera del Estado, que creo no es el caso boliviano. En ese sentido, no puede limitarse la capacidad de decisión de un individuo para definir su futuro o hacer los cambios que mejor vea conveniente en busca de una profesionalización positiva, productiva y que genere valor agregado, así vamos rompiendo poco a poco la sempiterna estructura mediocre de los estudios universitarios.
Publicado en El Deber 5/09/11, en Hoy Bolivia el 6/09/11 y en Los Tiempos el 7/09/11
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