El problema de
la educación boliviana no puede centrarse en cambiar la malla curricular, con
el agravante de dictarse una nueva ley educativa que promueve en los papeles un
verdadero cambio que no se perfila hacia el futuro, sino más bien pretende regresar
anacrónicamente a un pasado incluso superado por sus mismos protagonistas.
La nueva ley tiene mínimo diez
cambios: se cambian los ciclos dividiendo en dos de seis años cada uno; que los
alumnos aprendan a leer y escribir correctamente en el primer año de primaria;
se introduce la computación; al ser un Estado laico la materia de religión se
cambia por valores y espiritualidades; se debe aprender dos idiomas, uno de
ellos lengua nativa; las evaluaciones serán bimestrales; la calificación será
sobre 100 puntos; se incorpora la formación técnica para el bachillerato; se
cambian los contenidos de las materias y se adopta un nuevo método de
enseñanza.
Es un sinsentido cambiar la malla
curricular y no encarar el verdadero y necesario cambio, que es la formación
profesional de los maestros. Transcribo lo que en las redes sociales me llegó
casual y coincidentemente sobre este tema. Un supervisor visitó una escuela
primaria y en su recorrido observó algo que le llamó la atención: una maestra estaba
atrincherada detrás de su escritorio, los alumnos hacían un gran desorden; el
cuadro era caótico. Decidió presentarse: "Permiso, soy el supervisor.
¿Algún problema? La profesora responde: “Estoy abrumada, señor, no sé qué hacer
con estos chicos. No tengo láminas, no tengo libros, el ministerio no me manda
material didáctico, no tengo recursos electrónicos, no tengo nada nuevo que
mostrarles ni qué decirles". El
inspector que era un ‘docente de alma’, vio un corcho en el desordenado
escritorio, lo tomó y con aplomo se dirigió a los chicos: “¿Qué es esto?”. “Un corcho, señor", gritaron
los alumnos, sorprendidos. "Bien, ¿de dónde sale el corcho?".
"De la botella señor; lo coloca una máquina, del alcornoque, de un árbol, de
la madera”, respondían animosos los niños. "¿Y qué se puede hacer con
madera?", continuaba entusiasta el docente. “Sillas, una mesa, un barco”. “Bien,
tenemos un barco. ¿Quién lo dibuja? ¿Quién hace un mapa en el pizarrón y coloca
el puerto más cercano para nuestro barquito? Escriban a qué país corresponde.
¿Qué poeta conocen que allí nació? ¿Qué produce ese país? ¿Alguien recuerda una
canción de ese lugar?”. Y comenzó la tarea de geografía, de historia, de
música, de economía, de literatura, de religión, etc. La maestra quedó
impresionada. Al terminar la clase le dijo conmovida: "Señor, nunca
olvidaré lo que me enseñó hoy. Muchas Gracias." Pasó el tiempo, el supervisor
volvió a la escuela y buscó a la maestra. Estaba acurrucada atrás de su
escritorio, los alumnos otra vez en total desorden. "Señorita ¿qué pasó?
¿No se acuerda de mí? “Sí señor, ¡cómo olvidarme! Qué suerte que regresó. No
encuentro el corcho. ¿Dónde lo dejó?".
El
problema de la mediocre educación boliviana no está en la malla curricular o en
leyes especiales, se encuentra en la base y fundamento, que es la deficiente
preparación de los maestros. Cuando el maestro no tiene vocación o alma de maestro
nunca encuentra el corcho, y si además a la falta de vocación adicionamos una
formación pobre, como la que se les da en las normales, ¿cómo podemos pretender
que los alumnos aprendan algo bien, cuando quienes les tienen que enseñar no
tienen como hacerlo, porque no están debidamente preparados?
Una
verdadera revolución educativa debe empezar por cambiar radicalmente la
formación de los maestros con exigencias de alto nivel de profesionalismo.
Publicado en El Deber
29/02/12, en Los Tiempos 01/03/12 y en Hoy Bolivia el 09/03/12
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