A veces a uno le invaden sentimientos de frustración, desesperanza e impotencia cuando no uno sino muchos hechos van en contra de la legalidad y de un mínimo sentido común, y el destrozo del Estado de derecho es sistemático, con un desmantelamiento continuo de las pocas instituciones que funcionaban en el país. A esos sentimientos negativos hay que adicionar el agravante de que los políticos no responden a ninguna clase de ideología y menos tienen propuestas serias que constituyan una alternativa real y posible ante el pensamiento y el actuar hegemónico del partido de Gobierno.
No obstante, se presentan situaciones tan disimiles en su contenido, pero con resultados similares, que permiten vislumbrar dentro de ese sentimiento de frustración, una luz de salida y esperanza, tal vez todavía lejana, pero luz al fin.
En poco más de 60 días hubo dos hechos trascendentales para la vida del Estado Plurinacional, acontecimientos que, que en sus resultados finales, a pesar de la innata tozudez de los actuales gobernantes, han hecho llegar a estos mensajes claros y contundentes de que, finalmente, como siempre ha sido y lo seguirá siendo, cualquier gobierno está sujeto a las determinaciones del pueblo, no aquel que se utiliza semánticamente para fines de respaldo a actividades del oficialismo, sino el que sale a las calles y se hace escuchar con reclamos directos.
Uno de esos importantes asuntos que han movido el piso al Gobierno fue la inédita votación por los altos cargos en el Órgano Judicial. Por encima de la imposición y presión oficialista, el acto eleccionario fue tranquilo y con una participación ciudadana extraordinaria; al final, sin que legalmente sea reconocido, se convirtió en un acto plebiscitario porque fue nomás una consulta sometida sobre si estaba o no de acuerdo en la elección o, por el contrario, se rechazaba la misma.
Las elecciones de octubre me permiten realizar dos lecturas: la primera, los votos nulo y blanco han sido mayoritarios en las ciudades, superando a los votos válidos; esto significa un claro mensaje al Gobierno, de que la mayoría del pueblo boliviano rechaza cualquier imposición que se pretenda hacer cambios en contra de lo legal, lo legítimo y del sentimiento del pueblo. La segunda, el voto de oposición a dicha elección de magistrados se constituyó en un único frente en contra del Gobierno, dando también otro mensaje claro que la mayoría del pueblo cuando está unido, ya no apoya al oficialismo y se ha convertido en crítico de sus actos.
El otro hecho trascendente fue la marcha de los indígenas de tierras bajas del Tipnis, que superando barreras geográficas, problemas de salud e increíblemente a una brutal agresión policial, finalmente llegó a la sede de Gobierno. Y durante los días de la marcha esta se fue convirtiendo ya no en el reclamo aislado de un pequeño grupo sino el de millones de bolivianos que la apoyaron incondicionalmente junto a sus pedidos, consiguiendo así un triunfo real y político que obligó al Gobierno a recular y dar marcha atrás. Además de ello hemos sido testigos del nacimiento de nuevos líderes emergentes de las bases indígenas que constituyen una alternativa de cambio.
Por lo menos estos últimos días los sentimientos que nos embargan ya no son de frustración, sino de esperanza.
Publicado en El Deber 9/11/11, en Hoy Bolivia el 10/11/11 y en Los Tiempos el 10/11/11
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