Si el triunfo y el éxito son solo casos excepcionales significa que la derrota y el fracaso son la regla. Es lo que acontece en el futbol boliviano, actividad que más por el fanatismo y el cariño de los hinchas a los colores de sus equipos y de la selección mantiene viva la llama de la esperanza de que podríamos mejorar y obtener triunfos. Sin embargo, reiteradamente nos vamos golpeando con la dura realidad de que es una actividad deportiva mediocre y fracasada en todos sus niveles.
Bolivia es un país pequeño en población y de manera absurda tiene tres cabezas que dirigen la actividad futbolera. La estructura misma del futbol boliviano se encuentra invertida. Es más importante el dirigente que el jugador, cuando en la práctica si no hubiere este último no existiría aquel. Los dirigentes del futbol aparecen elegidos, mejor sería decir designados, por arte de birlibirloque, y la absoluta mayoría se hace dirigente para medrar de la actividad semanal que produce el jugador de futbol y la pequeña minoría son quijotes que trabajan para procurar mejorar este deporte sin éxito, por supuesto, a diferencia del enriquecimiento de los otros dirigentes deportivos.
Queremos tener futbolistas de alto nivel, sin considerar que la cantera del futbolista es el pueblo, que está en los barrios y provincias y que desde que son concebidos empiezan las carencias, porque sus madres tienen embarazos sin control ni ayuda médica y menos con adecuada alimentación, lo que da lugar al nacimiento de muchachos desnutridos que pueden tener la habilidad innata para ser buenos futbolistas, pero dichas carencias constituyen un freno para su desarrollo.
Los futbolistas bolivianos que destacan son las excepciones producto del trabajo y el esfuerzo personal, y acá hay que ponderar la actividad de la Academia Tahuichi, que es una institución de formación de futbolistas y que junto a las otras academias de fútbol consigue sacar alguno que otro futbolista que destaque.
Tan excepcional es el éxito de nuestro futbol que tenemos únicamente dos referentes a nivel internacional. El primero es haber obtenido el campeonato sudamericano en 1963; no debemos olvidar que Brasil jugó ese campeonato con un seleccionado alterno y si bien Bolivia tenía jugadores de valía, estos no fueron reemplazados hasta 1994, cuando otra camada de excelentes futbolistas consiguió un hito en el futbol nacional, clasificar a un Mundial. Para ello se contó, primero, con una generación de jugadores excepcionales: segundo, un cuerpo técnico encargado a un motivador profesional que tenía la colaboración del verdadero director técnico que planteaba el partido: y tercero, una huelga de jugadores que permitió a esa selección trabajar junta más de seis meses.
Son muchas las explicaciones porque el fútbol boliviano va de fracaso en fracaso; permítanme citar una de ellas, los equipos profesionales contratan jugadores que culminaron su carrera en otras latitudes, ya sea por edad o lesiones, y vienen a Bolivia como las grandes estrellas que no aportan nada, ganan un montón de dinero y, lo más grave, desplazan a los jóvenes jugadores bolivianos.
Se podría seguir con la letanía de causas, lo preocupante son los efectos y difícilmente se va revertir esta triste situación, porque predomina el interés personal de los dirigentes deportivos antes que el interés del pueblo boliviano del que salen sus jugadores que mantienen a esos ineptos.
Publicado en El Deber 21/10/11 y en Hoy Bolivia el 21/10/11